ME NEGARON LA ESTRELLA PERO ME CONCEDIERON EL MICHELÍN: ¡DIVINA COMPENSACIÓN!

martes, marzo 24

TRASTORNO DE DESORIENTACIÓN

Cuando la Chonchi, visionaria neo hippy de postín dado que su escandalosa falta de ingresos le impide convertirse en una auténtica hippy-chic, exhibió su teoría, me vi obligado a no darle crédito alguno: ¿otra vez estás fumada, Chonchi? – le recriminé. Se cabreó, normal. Tres chillidos y dos empujones después – no vea como se las gasta la pacifista – se ganó el derecho a la presunción de inocencia. Caviló que a diferencia de lo que suele pensarse, el sentido de la desorientación no es un pequeño problema como otro cualquiera. No estamos hablando de perderse en medio del moro buscando costo del bueno – afirmó – ni de tener que preguntar cómo llegar a la pensión. Según su reputado criterio, debería clasificarse como un trastorno congénito que hace perder mucho tiempo y esfuerzo, y lo peor es que quien lo padece certifica fervientemente que no es así. No creí ni una palabra – esta tía está grillada – pensé. Ya sabemos que en una sociedad científica como Díos manda todo debe demostrarse con datos corroborados en estudios bien controlados. Pero las perturbaciones a menudo ningunean a la ciencia y suelen presentarse sin carta certificada ni previo aviso.


El día que apareció en mi vida me pilló liado subiendo colina arriba, arrastrando mi cuerpo extenuado y deprimido, eso sí, ¡muy digno yo!. Sufrí un sobresalto de los buenos al ver a aquel gurú, de lo más relajado y echando un pitillito, sentado sobre una tulip chair de estructura ABS y base de aluminio. Cualquiera reparando en aquel conjunto de camisa roída de Armani, traje emponzoñado de Louis Vuitton’s blue collection y mugrientos zapatos color café con tira roja en el talón de Prada, que lucía el señorón, podría pensar que se trataba de un director espiritual de las finanzas venido a menos. En realidad, según me contó más tarde, vio la luz una noche que tomando una cerveza medio fría en casa, tras una asquerosa vida llena de trabajo y renuncias personales, escuchó un mensaje oculto en un tema de Tom Waits“The downtown trains are full with all of those Brooklyn girls” –. Sí hermano – me explicó - en ese momento tuve una revelación maravillosa y advertí que mi rumbo era errático. Total, que abandonó a Eu-genia, Eu-lalio y Eu-ro; novia, jefe y sustento emocional respectivamente. Vamos que lo mandó todo a la…


Al verme ascender abatido, el santo maestro se levantó de su majestuoso trono, que un día fuera exquisitamente blanco con cojín turquesa, y se acercó hasta poner sus ojos frente a los míos a tan sólo unos centímetros de distancia. Con una mirada teñida de incredulidad y la misma pena que se le tiene al más tonto de la manada, soltó una frase del estilo “cuchillo jamonero bien afilado” que me fileteó al bies el corazón: ¡ya te vale!.


Como siempre he sido bastante cortito de entendederas, no se me ocurrió nada más original que alegar, a modo expiatorio, que – nadie ha sabido orientarme en la vida, ¿qué esperabas? –. Dos segundos fueron suficientes para que la muchedumbre quedara silenciosa y pudiera apreciarse el sonido de la incisiva guillotina recorriendo las guías de madera que desembocaban justo sobre mi cogote: ¡hijo mío, realmente eres gilipollas!.


Ufff, eso fue demasiado para mí, saqué mi bravura épica y le chillé: ¡en guardia malandrín…!; la nalgada no se hizo esperar. En mi caso un sopapo a tiempo suele ser educativo, o sea, que me recolocó las ideas y rapidito. Ya más tranquilos los dos, me puso una mano sobre el hombro y me interrogó – ¿estás preparado hermano para abandonar el sendero de lo que se espera de ti? –. Una pregunta tan inequívoca merecía una respuesta igual de indudable, contestándole – pues no se, la verdad –. Mirándome sin alteración alguna me escupió: ¡aún no estás preparado!.


Shhhh, inspiré con fuerza, si hay algo que los tíos odiamos es que nos indiquen que no estamos preparados, frase esgrimida en demasía por nuestras ex novias, tengan o no razón. Preparado y dispuesto – le grité. Pues escucha bien, porque sólo lo expondré una vez – me susurró. Describió entonces los pasos correctos y ordenados para abandonar la senda de la desorientación. Debía descender la colina hasta que encontrara un río, seguirlo hasta que me llevara a un camino y coger éste último hasta dar con una carretera que muriera en la primera civilización cercana, no desestimando la ayuda ofrecida, si con un poco de suerte, alguien me recogía haciendo autostop.


Cumplí a pie juntillas, tardé algún tiempo, deshacer tanto camino andado no es fácil, pero llegué a destino y pude descansar complacido. Sin embargo, pronto comprendí que la Chonchi tenía razón y que el trastorno de desorientación se padece de por vida pues, en vez de permanecer apaciblemente sentado tomando el café de la sobremesa, preferí volver a amargarme la vida cuestionando si debía afrontar un nuevo viaje a lo desconocido; la respuesta fue la de siempre: ¿pero dónde demonios está el camino, señor?.

No hay comentarios:

Publicar un comentario