Para variar llegaba doce minutos tarde, un hábito que además de molesto se había convertido en norma. Por fortuna mi rostro no sufre las sonrojadas consecuencias de la prisa y me permití el gusto de llegar hecho un figurín. Ella esperaba sentada en un banco con las piernas muy juntitas, balanceando con descarada inocencia su pie izquierdo sobre el talón de la sandalia de verano. Nuestras sonrisas se encontraron labio a labio.
¿Cuál es el plan? – interrogó - ¿te apetece cenar alguna cosa?. Mirándola con pícara intención respondí – sí, tengo antojo de italiano. Convencida se dejó guiar. Antes de que cerraran irrumpimos en una boutique de moda privilegiada que se esconde de la muchedumbre y bajeza social en una trasversal de la principal calle de compras. Extrañada no podía ocultar la misma cara de fascinación que muestran las adolescentes cuando tienen licencia para comprar sus primeros trapitos libres de impuestos paternales. Ante el interés por el motivo de nuestra visita fui contundente – buscamos un vestido blanco muy italiano. La dependienta reveló gesto de no entender y preguntó - ¿italiano, señor?- para lo cuál sólo encontré una contestación posible - italianísimo. Continué añadiendo – ponga también un cinturón ancho y unos zapatos abiertos de tacón, todo en color café muy tiramisú.
Estaba espectacular. Posó su mano sobre mi antebrazo y dimos un fílmico paseo; a más de uno le pareció recordar alguna escena de
Conmocionado escondí de todo mal mis manos muy discretamente en los bolsillos del pantalón, dispuesto a regresar a casa con garbo descuidado y decaído. El tacto de un papel rectangular de muy ligero espesor despertó mi curiosidad. Sorpresivamente en él se encontraba impreso mi nombre, junto a un número de cuenta y un importe, exactamente cuatrocientos veinte euros en concepto de sinuoso conjunto y complementos italian style.
¡Se ve que los antojos, aunque sean virtuales, hay que pagarlos!.








