ME NEGARON LA ESTRELLA PERO ME CONCEDIERON EL MICHELÍN: ¡DIVINA COMPENSACIÓN!

viernes, mayo 21

ANTOJO


Para variar llegaba doce minutos tarde, un hábito que además de molesto se había convertido en norma. Por fortuna mi rostro no sufre las sonrojadas consecuencias de la prisa y me permití el gusto de llegar hecho un figurín. Ella esperaba sentada en un banco con las piernas muy juntitas, balanceando con descarada inocencia su pie izquierdo sobre el talón de la sandalia de verano. Nuestras sonrisas se encontraron labio a labio.


¿Cuál es el plan? – interrogó - ¿te apetece cenar alguna cosa?. Mirándola con pícara intención respondí – sí, tengo antojo de italiano. Convencida se dejó guiar. Antes de que cerraran irrumpimos en una boutique de moda privilegiada que se esconde de la muchedumbre y bajeza social en una trasversal de la principal calle de compras. Extrañada no podía ocultar la misma cara de fascinación que muestran las adolescentes cuando tienen licencia para comprar sus primeros trapitos libres de impuestos paternales. Ante el interés por el motivo de nuestra visita fui contundente – buscamos un vestido blanco muy italiano. La dependienta reveló gesto de no entender y preguntó - ¿italiano, señor?- para lo cuál sólo encontré una contestación posible - ­ italianísimo. Continué añadiendo – ponga también un cinturón ancho y unos zapatos abiertos de tacón, todo en color café muy tiramisú.


Estaba espectacular. Posó su mano sobre mi antebrazo y dimos un fílmico paseo; a más de uno le pareció recordar alguna escena de la Sophia Loren. La velada tomó rumbo a susurros, besos y caricias. Justo en ese momento no pude evitar hablar de amor. Sin embargo, cuanto mayor interés mostraba, más callaba Ella y más solo me iba sintiendo. El calor se convirtió en escalofrío, el bienestar en insatisfacción, pero lo más desagradable fue experimentar la metamorfosis de lo real en virtualidad. Ella no aparecía por ningún lado, me encontraba hablando solo en medio de la calle. Un transeúnte me observaba precavido ante mis signos esquizofrénicos.


Conmocionado escondí de todo mal mis manos muy discretamente en los bolsillos del pantalón, dispuesto a regresar a casa con garbo descuidado y decaído. El tacto de un papel rectangular de muy ligero espesor despertó mi curiosidad. Sorpresivamente en él se encontraba impreso mi nombre, junto a un número de cuenta y un importe, exactamente cuatrocientos veinte euros en concepto de sinuoso conjunto y complementos italian style.


¡Se ve que los antojos, aunque sean virtuales, hay que pagarlos!.

jueves, noviembre 5

UNICORNIO & AZUL

Café ristretto y pastelillo de manzana, desayuno austero pero suficiente para calentar el estómago y apaciguar el alma. Los adoquines absorben con facilidad el frío y la humedad de una desapacible mañana; los huesos más. Con todo, Azul anduvo con paso decidido hacia los dos metros cuadrados elegidos de la ciudad. Con calculado y sereno ritual de una geisha preparó el improvisado escenario ante la mirada de los transeúntes. No pensaba en cantar por dinero, ni tan siquiera lo necesitaba, cuando meses atrás aferrada a su guitarra y voz resolvió bajar a la calle; volver al nivel del suelo. La vergüenza y el ridículo no consiguieron persuadir a Azul; carecían del poder de convicción con que se expresaba el dolor del abandono. Sabía que llevaría tiempo acostumbrarse al gélido y mudo lado opuesto de la cama. Peor resultaban los altaneros cajones empeñados en gritar soledad por mucho que se empeñera en ahogar sus quejidos con ropa interior.


La melodía atrajo la atención de Unicornio. Quedó plantado, inmóvil. Por primera vez en el último año su mente guardó silencio. Pastar independiente, el deseo que le empujó a separarse, no había sido tan gratificante como esperaba. Se sentía esclavo de su libertad. Elegir sin oposición resultaba monótono. No ceder privaba del calor de una recompensa. Echaba de menos reír a carcajadas con una película que jamás habría visto. Aprendió a odiar las cenas para uno, el no discutir por el privilegio de disfrutar del chaise longe, y tanto más la imposibilidad de untar body milk a regaña dientes.


A Unicornio poco le importaba si los demás no aplaudían, él premió todas y cada una de las canciones. Azul se percató de su embriaguez. Al término, Unicornio aprovechó para hablarle con la excusa de expresar su agrado por la actuación. Azul sólo respondía con repetidos gracias y monosílabos. Desanimado retrocedió un paso y como escapatoria se dispuso a depositar unas monedas dentro de la funda de la guitarra que estaba a sus pies. Al verlo ella entendió que se marchaba y sin saber muy bien por qué quiso impedirlo. Hace un día espantoso – dijo Azul – te agradecería más un café. ¿Cómo lo quieres? – le preguntó Unicornio. Que sea contigo.

domingo, junio 28

Detective Bob Alicón: el caso de la azafata desconfiada

Eran las 11 de la noche, a esa hora mi clienta azafata de aerolínea estaría volando. El calor de las noches de junio impide dormir e invita al juego y eso, tratándose de su marido, era demasiado riesgo. Antonio tenía fama de juerguista cuando lo conoció, uno de esos codiciados especímenes que provoca fascinación entre las féminas de toda edad y condición. Como muchas mi clienta se sintió en el deber de reformarlo demostrando así su valía como mujer – si no puedo yo, no podrá ninguna – se decía.


El sujeto había llegado a las 20 horas a su casa. Las luces permanecían apagadas y no había indicio de movimiento alguno. Lentamente la somnolencia comenzó a hacer mella tras un día agotador y los ojos acabaron por cerrárseme.


El sonido de clavos de aguja hiriendo la acera me despertó, por puro condicionamiento clásico empecé a salivar. Una rubia alta y de cadera ancha pretendía pasar desapercibida por una discreta callejuela trasera en dirección a la casa. Dejé de calentar el asiento del coche y me dirigí hacia ella sin provocar ruido alguno. Me sorprendió ver que la susodicha era una habitual en aquel domicilio pues tenía llave propia. Los grados de alcohol le impedían atinar con la cerradura y exclamó un joder legionario. Se me cortó la respiración. ¿Antonio? – inquirí. Le horroricé la cara. ¿Y ahora que le dirá usted a mi esposa? – preguntó:


¡Pues que en su cama de matrimonio no hay sitio para otra mujer…!


Caso cerrado.

domingo, junio 14

BILLETE DE IDA Y VUELTA


El hambre llenaba “Place Jemaa el Fna”, carruajes desplegados para la ocasión saciaban las necesidades de una bulliciosa masa humana a base de sopa, cuscús y tagine. Escandalosas luces negaban la existencia de la noche. Las músicas sonaban, los bufones danzaban, los pobres mendigaban, las parejas paseaban, los amigos charlaban…


Peregrinaba famélico cuando nos reconocimos. Ojos negro marroquí, aflamencados, llenos de vida y curiosidad, pretendían sin rubor un intercambio de miradas; imposible resistirse. Prudentes, casi con vergüenza, desviamos el foco de atención unos segundos. El reencuentro nos excitó, nos amamos súbitamente, nos imaginamos. Antes de perderte para siempre ojeaste resignada a tu madre que, pese a tu edad, te asía por el brazo para guardarte de todo mal.


Incliné la cabeza sin perderte de vista y me despedí.

domingo, mayo 24

HUIR


Definición:


1- Acción de perderse, quitarse de en medio, ahí se quedan, irse con viento fresco, "al carajo", borrarse del mapa, “no quiero saber nada”...


2- Ánimo de reencontrarse o su antónima búsqueda de un nuevo yo.


Concepción personal:


No hay huída que se precie sin una espera en la sala de embarque del aeropuerto más próximo.


¿Y tú cómo la concibes?


¡Au revoir, nos vemos pronto, mientras te espero allá donde se unen oriente y occidente….!


domingo, mayo 3

ENTRADA LIBRE

¡Corre Toxi, corre! – gritó el Felpa a su amiguito. Es de vital importancia coger un buen sitio. Ya se sabe que la hora del recreo es sagrada en todos los centros educativos. Momento lúdico para compartir con los compis y desahogar las tensiones acumuladas, aunque sea a hostias. Todos se afanan en contar aventuras, bis a bis, desamores, pasar merca, infundir respeto, relatar atracos… lo corriente. Pero hoy al Toxi se le ve rebotado. La última jugarreta de la Chichi, una directora de prisión arrogante con aires de ministra sexy ocupando un puesto que le va pequeño, le ha rasgado la dignidad hasta sangrar.


Pero qué cara traes chaval – constató el Felpa. Ya te digo – explicitó con maestría el dolido reo – a la Churri no se le ocurre otra cosa que hacerme compartir celda. Su compañero lo miró extrañado - ¿y desde cuándo es eso nuevo? – le preguntó con guasa. No coño – respondió – pero es que me han endiñado a un lumbreras de prevaricador. No jodas – soltó asustado el Felpa – un curita, lo que nos faltaba. Toxi lo miró con resignación – pero que burro eres, he dicho prevaricador, no predicador. Felpa quedó horrorizado – ¡oid todos, el Toxi comparte lecho de amor con un señorito!. El clamor no se hizo esperar: ¡que falta de respeto! – vociferaron – ¿dónde iremos a parar?. Todos hicieron piña alrededor. Entonces Toxi, con su honor de marrullero afrentado, levantó la cabeza y exclamó: ¡Compañeros, olvídense de los viejos tiempos, las prisiones ya no son lo que eran! – y con el puño cerrado de la rabia gritó – ¡ahora se permite entrar a cualquiera!.

domingo, abril 26

LIMONCELLO

¡No me lo puedo creer! – grité sin contención alguna. Camareros y clientes de la terraza que frecuento no se dignaron mirarme, ya estaban acostumbrados a mis pasionales alaridos. ¡Joder, joder y joder! – continué argumentando. ¿Sta bene, signore? – me preguntó una clienta de origen italiano de la mesa vecina. Mire, mire – exclamé indignado mientras le acercaba la revista que ojeaba – y no me avergüences con “usted” que padezco de complejo de Peter Pan. La chica se quedó analizando curiosa la foto que yo le indicaba, no pareció observar nada extraño. Ahora me dirás que te parece normal – la interrogué. ¡Harto estoy! – afirmé – harto de que las revistas intenten vendernos estereotipos, mentiras y fotochopped.


La imagen no dejaba lugar a dudas, aquella parejita se gastaba la boca apoyada en una fuente bajo un solecillo de lo más agradable. ¡Scusatemi, Peter! – dijo ella – questo mi pare sia troppo normale. Quedé consternado. Mi ignorancia de treintañero pasadito me impedía aceptarlo. Le expuse con claridad como funcionan las cosas a partir de la tercera década, pero sin dejarse impresionar volvió a la carga. Me contó que la bucólica estampa transcurría en la Plaza de San Andrés, en Amalfi, uno de los pueblitos italianos que conforman la costa Amalfitana en la región de Campania.


¡Que eso no puede ser, preciosa! – le respondí al más puro estilo castizo. Al apreciar tanta incredulidad, quiso explicarme que no era una cuestión de edad, más bien aquellos post adolescentes debían estar bajo los efectos de una sustancia impagable: ¡Il Limoncello, caro mio! ­­– dijo con guasa.


Según relató, a partir de los limones de la costa Amalfitana se produce un licor no sólo rico en aromas sino también en graduación alcohólica. ¡Claro, drogados tenían que estar! – le aullé. La muchacha, armándose de paciencia, me reveló que, al parecer, los efectos de este elixir simulan un estado de ánimo similar al de una persona normal, o sea, aquella capacitada para expresar sus emociones más tiernas en público, sin importarle la mirada ajena. Entonces le recordé que en una sociedad de bienestar que se precie, como la nuestra, las demostraciones afectivas están terminantemente prohibidas, pues suscitan envidia, rencor y sobresalto espiritual. ¿Acaso has visto últimamente a alguna pareja acariciándose la cara? – le inquirí. ¡Niente! – respondió.


Le aclaré que la razón de tanta discreción no era otra que el miedo a que los demás juzguen que se padece de un desorden emocional, de una fatídica falta de autocontrol. No comprendió. ¡Olvidaba que eres italiana! – solté con ironía – simplemente aquí preferimos un insípido y foráneo “licor de melocotón.


[Inspirado en artículo de revista "de viajes" nº 119 de 2009]

miércoles, abril 15

ARRIBADA



Arribó sin esperarlo, no para ti que ocultabas otro afecto, acaso para mí.


Ya no hablas de incapacidad sino de amor, aunque nos despelleje el corazón; ¡Enhorabuena!

viernes, abril 10

SAL - EROS

¡Ay la sal!, maravilloso potenciador del placer, responsabilidad ineludible donde las haya. Es cierto que en muchas ocasiones, más de las necesarias, echamos un puñado al peso sin reparar en las consecuencias. No es de extrañar que el resultado se asemeje a una piscina de agua mineral o, algo peor, el mar muerto. Pero un sábado por la noche, con una entaconada invitada dosificando curiosidad y sensualidad a partes iguales, no es cuestión de tirarlo todo por la borda.


En alguna clase práctica aprendí, con mis compañeras de la escuela de cocina, que las pupilas gustativas se ubican a ambos lados de la parte delantera de la lengua, es por ello que el método tradicional de degustación, por mucho que digan, se me antoja el más efectivo. Empecé así con movimientos poco profundos, entrecortados y lentos sobre las delicadas láminas de sal de Maldon” que ofrecían sus labios. Sin lugar a dudas, estas escamas de sal son el mejor entrante a servir en una noche de deseo, no suelen fallar, y acompañados de un buen vino, despiertan el ansia en forma de un ligero cosquilleo corporal. Desinquietos ya, los librillos de cocina mandaban una pausa para recuperar el aliento, momento que aprovechamos para paladear otro sorbo de aquel extraordinario Rosé , más que nada, con la intención de impedir una saturación al sodio que estropeara la noche.


Motivado por la cata, decidí pasar a la fase segunda del plan y concentré mi excitación, como si me fuera la vida en ello, sobre la sedimentación de sal marina extraordinariamente rica en magnesio, calcio, hierro y potasio de los pechos de mi amante; de ahí su color y su precioso nombre “la sal rosa del Himalaya”. Los Chefs laboriosos sabemos que apenas bastan unos pellizcos para evocar toda la sutileza de su sabor. Quedé mareado, ya sabemos que lactar con deleite de unas dulces tetas conlleva deglutir oxígeno en exceso.


Retomé la compostura con otro trago de Rosé que, comparado con el manjar que seguía aferrando firmemente con la mano derecha, me resultó un tanto amargo. Entonces, y sólo entonces, me deslicé sigiloso como un felino a engullir con fruición y devoción santa los ligeros cristales de sal que flotaban como placas muy finas sobre la superficie del agua de su sexo; saboreé así, por fin, la sal más sofisticada de su cuerpo, la Flor de sal”, que se degusta siempre cruda en el momento de servir.


La extasiada soltó una carcajada inmensa cuando, de muy buen humor, levanté la cabeza y animado le susurré: ¡Cariño, al carajo con la hipertensión!.


Foto: Elisa Lazo de Valdez

martes, abril 7

Laguneando


Desayuno por almuerzo y éste de merienda. Paseando las calles, y sorteando las lluvias, el frío acompaña y un roce humano reconforta. Las palabras ríen, reflexionan y suspiran. El vino seda. Lo llamaré “temporánea felicidad”.