Café ristretto y pastelillo de manzana, desayuno austero pero suficiente para calentar el estómago y apaciguar el alma. Los adoquines absorben con facilidad el frío y la humedad de una desapacible mañana; los huesos más. Con todo, Azul anduvo con paso decidido hacia los dos metros cuadrados elegidos de la ciudad. Con calculado y sereno ritual de una geisha preparó el improvisado escenario ante la mirada de los transeúntes. No pensaba en cantar por dinero, ni tan siquiera lo necesitaba, cuando meses atrás aferrada a su guitarra y voz resolvió bajar a la calle; volver al nivel del suelo. La vergüenza y el ridículo no consiguieron persuadir a Azul; carecían del poder de convicción con que se expresaba el dolor del abandono. Sabía que llevaría tiempo acostumbrarse al gélido y mudo lado opuesto de la cama. Peor resultaban los altaneros cajones empeñados en gritar soledad por mucho que se empeñera en ahogar sus quejidos con ropa interior.
La melodía atrajo la atención de Unicornio. Quedó plantado, inmóvil. Por primera vez en el último año su mente guardó silencio. Pastar independiente, el deseo que le empujó a separarse, no había sido tan gratificante como esperaba. Se sentía esclavo de su libertad. Elegir sin oposición resultaba monótono. No ceder privaba del calor de una recompensa. Echaba de menos reír a carcajadas con una película que jamás habría visto. Aprendió a odiar las cenas para uno, el no discutir por el privilegio de disfrutar del chaise longe, y tanto más la imposibilidad de untar body milk a regaña dientes.
A Unicornio poco le importaba si los demás no aplaudían, él premió todas y cada una de las canciones. Azul se percató de su embriaguez. Al término, Unicornio aprovechó para hablarle con la excusa de expresar su agrado por la actuación. Azul sólo respondía con repetidos gracias y monosílabos. Desanimado retrocedió un paso y como escapatoria se dispuso a depositar unas monedas dentro de la funda de la guitarra que estaba a sus pies. Al verlo ella entendió que se marchaba y sin saber muy bien por qué quiso impedirlo. Hace un día espantoso – dijo Azul – te agradecería más un café. ¿Cómo lo quieres? – le preguntó Unicornio. Que sea contigo.

Que sea contigo. Si una pasta con salsa de coco, que sea contigo. Si el chocolate sabe a naranja, que sea contigo. Si los pómulos me sonríen de noche, que sea contigo. Sí, pero no, contigo.
ResponderEliminarComplicada la receta.
ResponderEliminarNo lo dije.