Eran las 11 de la noche, a esa hora mi clienta azafata de aerolínea estaría volando. El calor de las noches de junio impide dormir e invita al juego y eso, tratándose de su marido, era demasiado riesgo. Antonio tenía fama de juerguista cuando lo conoció, uno de esos codiciados especímenes que provoca fascinación entre las féminas de toda edad y condición. Como muchas mi clienta se sintió en el deber de reformarlo demostrando así su valía como mujer – si no puedo yo, no podrá ninguna – se decía.
El sujeto había llegado a las 20 horas a su casa. Las luces permanecían apagadas y no había indicio de movimiento alguno. Lentamente la somnolencia comenzó a hacer mella tras un día agotador y los ojos acabaron por cerrárseme.
El sonido de clavos de aguja hiriendo la acera me despertó, por puro condicionamiento clásico empecé a salivar. Una rubia alta y de cadera ancha pretendía pasar desapercibida por una discreta callejuela trasera en dirección a la casa. Dejé de calentar el asiento del coche y me dirigí hacia ella sin provocar ruido alguno. Me sorprendió ver que la susodicha era una habitual en aquel domicilio pues tenía llave propia. Los grados de alcohol le impedían atinar con la cerradura y exclamó un joder legionario. Se me cortó la respiración. ¿Antonio? – inquirí. Le horroricé la cara. ¿Y ahora que le dirá usted a mi esposa? – preguntó:
¡Pues que en su cama de matrimonio no hay sitio para otra mujer…!
Caso cerrado.

Querido Chef, he repetido varias veces este plato, es dulce o agridulce, aún no me decido. El final tiene un regusto que se queda alojado en el paladar tras varios minutos desde la degustación, algo así como un buen vino. He de decir; el nombre del plato, acertadísimo. Sólo una pequeña sugerencia querido; amplíe usted la carta de una buena vez que ya no sé qué pedir cuando me siento a la mesa.
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