
¡Ay la sal!, maravilloso potenciador del placer, responsabilidad ineludible donde las haya. Es cierto que en muchas ocasiones, más de las necesarias, echamos un puñado al peso sin reparar en las consecuencias. No es de extrañar que el resultado se asemeje a una piscina de agua mineral o, algo peor, el mar muerto. Pero un sábado por la noche, con una entaconada invitada dosificando curiosidad y sensualidad a partes iguales, no es cuestión de tirarlo todo por la borda.
En alguna clase práctica aprendí, con mis compañeras de la escuela de cocina, que las pupilas gustativas se ubican a ambos lados de la parte delantera de la lengua, es por ello que el método tradicional de degustación, por mucho que digan, se me antoja el más efectivo. Empecé así con movimientos poco profundos, entrecortados y lentos sobre las delicadas láminas de “sal de Maldon” que ofrecían sus labios. Sin lugar a dudas, estas escamas de sal son el mejor entrante a servir en una noche de deseo, no suelen fallar, y acompañados de un buen vino, despiertan el ansia en forma de un ligero cosquilleo corporal. Desinquietos ya, los librillos de cocina mandaban una pausa para recuperar el aliento, momento que aprovechamos para paladear otro sorbo de aquel extraordinario Rosé , más que nada, con la intención de impedir una saturación al sodio que estropeara la noche.
Motivado por la cata, decidí pasar a la fase segunda del plan y concentré mi excitación, como si me fuera la vida en ello, sobre la sedimentación de sal marina extraordinariamente rica en magnesio, calcio, hierro y potasio de los pechos de mi amante; de ahí su color y su precioso nombre “la sal rosa del Himalaya”. Los Chefs laboriosos sabemos que apenas bastan unos pellizcos para evocar toda la sutileza de su sabor. Quedé mareado, ya sabemos que lactar con deleite de unas dulces tetas conlleva deglutir oxígeno en exceso.
Retomé la compostura con otro trago de Rosé que, comparado con el manjar que seguía aferrando firmemente con la mano derecha, me resultó un tanto amargo. Entonces, y sólo entonces, me deslicé sigiloso como un felino a engullir con fruición y devoción santa los ligeros cristales de sal que flotaban como placas muy finas sobre la superficie del agua de su sexo; saboreé así, por fin, la sal más sofisticada de su cuerpo, la “Flor de sal”, que se degusta siempre cruda en el momento de servir.
La extasiada soltó una carcajada inmensa cuando, de muy buen humor, levanté la cabeza y animado le susurré: ¡Cariño, al carajo con la hipertensión!.

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