
¡No me lo puedo creer! – grité sin contención alguna. Camareros y clientes de la terraza que frecuento no se dignaron mirarme, ya estaban acostumbrados a mis pasionales alaridos. ¡Joder, joder y joder! – continué argumentando. ¿Sta bene, signore? – me preguntó una clienta de origen italiano de la mesa vecina. Mire, mire – exclamé indignado mientras le acercaba la revista que ojeaba – y no me avergüences con “usted” que padezco de complejo de Peter Pan. La chica se quedó analizando curiosa la foto que yo le indicaba, no pareció observar nada extraño. Ahora me dirás que te parece normal – la interrogué. ¡Harto estoy! – afirmé – harto de que las revistas intenten vendernos estereotipos, mentiras y fotochopped.
La imagen no dejaba lugar a dudas, aquella parejita se gastaba la boca apoyada en una fuente bajo un solecillo de lo más agradable. ¡Scusatemi, Peter! – dijo ella – questo mi pare sia troppo normale. Quedé consternado. Mi ignorancia de treintañero pasadito me impedía aceptarlo. Le expuse con claridad como funcionan las cosas a partir de la tercera década, pero sin dejarse impresionar volvió a la carga. Me contó que la bucólica estampa transcurría en
¡Que eso no puede ser, preciosa! – le respondí al más puro estilo castizo. Al apreciar tanta incredulidad, quiso explicarme que no era una cuestión de edad, más bien aquellos post adolescentes debían estar bajo los efectos de una sustancia impagable: ¡Il Limoncello, caro mio! – dijo con guasa.
Según relató, a partir de los limones de la costa Amalfitana se produce un licor no sólo rico en aromas sino también en graduación alcohólica. ¡Claro, drogados tenían que estar! – le aullé. La muchacha, armándose de paciencia, me reveló que, al parecer, los efectos de este elixir simulan un estado de ánimo similar al de una persona normal, o sea, aquella capacitada para expresar sus emociones más tiernas en público, sin importarle la mirada ajena. Entonces le recordé que en una sociedad de bienestar que se precie, como la nuestra, las demostraciones afectivas están terminantemente prohibidas, pues suscitan envidia, rencor y sobresalto espiritual. ¿Acaso has visto últimamente a alguna pareja acariciándose la cara? – le inquirí. ¡Niente! – respondió.
Le aclaré que la razón de tanta discreción no era otra que el miedo a que los demás juzguen que se padece de un desorden emocional, de una fatídica falta de autocontrol. No comprendió. ¡Olvidaba que eres italiana! – solté con ironía – simplemente aquí preferimos un insípido y foráneo “licor de melocotón”.
[Inspirado en artículo de revista "de viajes" nº 119 de 2009]

Chine,estoy hartaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarAnimo niñata, sigue duro.....
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ResponderEliminarhe leído eso del melocotón y me ha entrado agobio...es que soy alergica...snif!
ResponderEliminarBss